De entre las opciones que se le presentan al viajero veraniego, la costa coruñesa es de esas en las que el acierto es más frecuente que el error. Para los lectores que tengan miedo al vacío sobre la arena no faltan playas abarrotadas de niños y suegras, pero también las hay que facilitan el paseo tranquilo, casi en soledad. O en soledad completa. La de la Magdalena es una de ellas, aun siendo urbana y de generosas proporciones.

Para llegar a Cedeira, que es donde se encuentra este arco de arena y agua, quizá lo más aconsejable sea perderse entre los montes de eucaliptos que marcan el paisaje de toda la comarca desde el interior. A la primera indicación que surja en la carretera zambulliremos el coche entre el verde más verde salpicado de curvas. El asfalto es bueno, como casi todo el de las carreteras gallegas actuales, en nada parecidas a las que maltrataban las suspensiones hace décadas.

Déjese llevar por la AC-102 y llegará a un punto donde el tiempo se detiene. Lo llaman Porto do Cabo y parece, sí, el final de algo o el principio de todo, pero sin ninguna prisa. Algunos echan la partida en la terraza del bar, mientras los árboles vigilan la paz del entorno. Nada se mueve, más que las fichas.

Cedeira está más allá de estas arboledas, esperándonos en el extremo más oriental de su ensenada, protegida de todos los vientos y abierta a los turistas, que sólo la invaden (y con mesura) en tiempo de verano.

Al pueblo lo hicieron famoso los percebes, que se venden en ración a 9 euros el cuarto de kilo. Buen precio para un buen producto. Difícil encontrar pueblo tan limpio y hospitalario como este, cuajado de galerías blancas, un playa casi desierta hasta después de la siesta y un pequeño museo, recién abierto, en el que no falta el marinero que explica al curioso cómo se cogía el percebe con chalupa y sin neoprenos: localizando el bicho desde la borda, movido por las olas, evitando dañar la quilla y la cabeza.

Ahora, el negocio del turismo marca los veranos y los ocasionales fines de semana. Los coruñeses de la ciudad asoman sólo cuando el sol está asegurado. Mejor para el viajero paciente, que así disfruta a sus anchas con el juego de las nubes.

Aquí también ha llegado el empeño por acicalar los fogones y los comedores con aires nuevos, pero de un modo tan sutil que el producto de calidad prima más que los delirios de los cocineros. Si tiene hambre, échese a suertes si prueba en "El Náutico" o en "Brisa", pared con pared, puerta con puerta, en la rúa do Mariñeiro. Son apuestas seguras, más por los entrantes que por los salientes, a juicio de este que les escribe.

Y antes o después de comer, ande. No deje de andar por Cedeira, asomarse desde las calles a esas balconadas hechas para asomarse al mundo, blancas, capaces de llenar de blanco las callejas de la parte antigua, mientras al otro lado del cauce del Condomiñas un grupo de casas nuevas se llenan de animación y de vida al caer la tarde sin hacer daño a la vista, como una plaza de pueblo surgida de un urbanismo más respetuoso de lo que se acostumbra.

Pero Cedeira es mar. Cuando se asome a la lonja, moderna y pagada con fondos europeos, verá a su izquierda el monumento a la mujer del pescador. Si un feminismo militante no le dificulta la visión ni le impide la lectura de la dedicatoria, disfrutará el momento porque le abre los ojos hacia un pasado quizá no tan lejano y a una costa que se intuye más allá de esta concha nacarada que es Cedeira.

Vientos fuertes en Ortegal
Para romper con la paz monacal y hacerse idea cabal de lo que es este Atlántico en choque permanente con el Cantábrico, no le va a quedar otra que tomar el coche y acercarse, porque lejos no está, hasta Cabo Ortegal. Para llegar hasta esa punta de la costa deberá pasar por el mismísimo centro de Cariño, desbordamiento de un pueblo que se ha ido forjando según las necesidades de quienes lo habitan. Aun así las callejas que nos reciben y nos despiden camino de la costa nos dan alguna idea de lo que era vivir aquí hace un siglo.

Lo que no ha cambiado ni cambiará es el viento de Cabo Ortegal. Ni la altura vertiginosa. Ni el sol al atardecer. Ni el asombro de observar desde lo alto las evoluciones de una barca al pie del acantilado, como si sus ocupantes conocieran la ciencia de los equilibristas.

La carretera es estrecha, de buen firme. Al final, al pie del faro, un aparcamiento permite dejar el coche y maniobrar para que encare la vuelta. Entre medias, el viajero habrá luchado por sujetar firmemente la cámara de fotos o el teléfono móvil antes de que se escape de las manos, por la fuerza de un viento que los del lugar dirán que está en calma, para lo que puede llegar a ser. 

El mundo se abre a nuestros pies, como si no tuviera fin. El viaje continúa.

Para ver más…
La iglesia de Santa María del Mar, del siglo XVI, es de agradable visita en nuestro andar por el centro de Cedeira. También lo son las ruinas reconvertidas en museo del Castillo de la Concepción.

Puro turismo religioso y supersticioso el que ofrece, a poca distancia, la iglesia de San Andrés de Teixido. Ya saben la de que "vai de morto quen non foi de vivo". Al gusto de cada cual.