Lo que no te puedes perder

El monumento más conocido de Guadalajara: el Palacio del Infantado

Descubrir que la herejía cristiana más importante de España se gestó aquí 

Asomarte a la infancia y juventud de Antonio Buero Vallejo

 

Qué hacer para no perderte

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Qué hacer

Si estás haciendo esta ruta en las fechas adecuadas no tendrás dudas: disfrutar del Maratón de los Cuentos, cuando la ciudad se vuelca en narrar de viernes a domingo ininterrumpidamente. Toda un experiencia. Y si esperas a Todos los Santos, te cruzarás por la calle con la representación del Tenorio Mendocino.

Dónde comer

Si lo que te pide el cuerpo es un menú del día al aire libre, considera la terraza de Dublin House, en plena Plaza Mayor. Para comida de más enjundia, Miguel Ángel te espera en la plaza Lope de Haro

Dónde dormir

A muy poca distancia tienes dos opciones de toda confianza para tu alojamientos: el AC Guadalajara o el Hotel España.

De interés

Oficina Municipal de Turismo: turismo@aytoguadalajara.es

 


Para empezar, dejemos la originalidad a un lado. Estamos iniciando nuestra visita en el Palacio del Infantado, que es el edificio más importante de Guadalajara y el modelo más destacado del llamado "gótico isabelino".

Nos encontramos ante su majestuosa fachada, recubierta de picos de diamante y presidida por los balcones superiores. (El que crea que esto ya lo ha visto en algún sitio, quizá es porque conoce el castillo de Manzanares El Real, en Madrid, que fue mandando contsruir también por el segundo duque, don Iñigo López de Mendoza y Luna, al que no hay que confundir con el Marqués de Santillana). Observarán que la puerta de acceso no está centrada, sino en un lateral, dando paso a un gran zaguán. Sobre la puerta, dos salvajes protegiendo el escudo nobiliario.

El Palacio del Infantado quedó gravemente dañado por un bombardeo durante la Guerra Civil, cuando una bomba incendiaria dirigida a destruir la central eléctrica de la ciudad cayó sobre la techumbre y arrasó todo muy rápidamente, incluidos los mejores artesonados de la arquitectura civil española, que cubrían los salones más nobles del edificio.

Aun así, lo que aquí vemos puede darnos idea de ese pasado esplendoroso, a juego con el poder que tenía la familia de los Mendoza y su afán por demostrar que su vida palaciega tenía poco o nada que envidiar a la Corte de los monarcas castellanos.

Aquí, en el Patio de los Leones, obra de Juan Guas y Egas Cueman, estamos en el centro del poder de los Mendoza, los mismos que tenían como lema familiar "Dar es señorío y recibir es servidumbre".( La humildad, obviamente, brillaba por su ausencia).

Fijémonos en los leones que tenemos aquí. Todos son distintos, incluidas las primeras parejas, que corresponden al siglo XV; los de la izquierda tienen el ceño fruncido; los de la derecha, muestran un quiriqui, dicho sea para entendernos. En la balaustrada superior, a partir de la cuarta pareja, no tenemos leones, sino grifos. (Tranquilos, no estamos hablando de fontanería, sino de mitología: eran unos seres fantásticos, mitad leones, mitad águilas).

De los artesonados que decoraban techos e incluso paredes de espacios tan fastuosos como el Salón de Cazadores, no queda nada. De la cerámica, muy pocas muestras. En cambio, sí se han preservado los frescos de Rómulo Cincinato, al cual "ficha" el duque casi quitándoselo a Felipe II, que estaba decorando El Escorial en ese tiempo, con artistas italianos y del cual también encontraremos obra suya en la capilla de Luis de Lucena, más adelante.

El jardín mitológico también es de esa época. Para que nos hagamos idea de la importancia de los Mendoza en la España de su tiempo, recordar que en 1560 es aquí donde se casa Felipe II con Isabel de Valois y es aquí y no en otro sitio donde estuvo preso el rey francés Francisco I, después de ser hecho prisionero en la batalla de Pavía. Las fiestas que se le dieron al monarca francés se recordaran durante tiempo y tiempo. Muchos siglos después andaría por aquí otro francés, de nombre Víctor y de apellido Hugo. ¿Qué pintaba aquí Víctor Hugo? Él, poco, puesto que seguía a su padre, el general Hugo, que desde estos aposentos intentaba acabar con El Empecinado y los guerrilleros españoles que hacían de las suyas por las provincias de Guadalajara, Cuenca y Madrid, como podemos recordar leyendo los “Episodios Nacionales”, de Benito Pérez Galdós.

Ahora que estamos en la planta superior podemos fijarnos en que las columnas son helicoidales y están más adornadas que las de la planta de abajo. ¿Por qué? Las del proyecto original son estas, ya que las más sencillas y "renacentistas" fueron puestas durante las obras mandadas por el quinto duque, que incluso modificó el nivel del suelo del patio. Aprovechemos para observar en los cuatro arbotantes los pajecillos arrodillados, que ofrendan el escudo de los Mendoza, el Ave María Gratia Plena y el escudo de los Duques de Luna, como respeto a la familia de la esposa del segundo Duque del Infantado… con cuyo padre, don Álvaro de Luna, se las había tenido más que tiesas con el Marqués de Santillana. (Como se ve, los líos de familia nos igualan a los pobres y a los ricos, a los nobles y a los que no tenemos títulos nobiliarios y no son cosa de ahora).

Tras los pasos del Marqués de Santillana
¿Por qué es importante el Marqués de Santillana? Primero, por ser el primer Mendoza, el creador de la casa y de la dinastía. Y porque además de cuidar de su gran patrimonio y enredar mucho en la política de su tiempo, no le dejaron indiferente las obras de Petrarca, Boccaccio y sobre todo las de Dante Alighieri, hasta el punto que fue el gran difusor de la literatura renacentista en España, que falta nos hacía para mirar un poco más hacia Europa y no solo hacia el Reino de Granada.

El Marqués de Santillana es especialmente recordado por sus serranillas, poemitas de arte menor que tratan del encuentro entre un caballero y una campesina. Fue el primer autor que escribió sonetos en castellano, que era una estrofa de origen puramente italiano: son los famosísimos 42 sonetos fechos al itálico modo. Su obra maestra dentro del estilo alegórico-dantesco es la Comedieta de Ponza, donde describe la batalla naval homónima en coplas reales. Escribió además poemas alegóricos y doctrinales (dezires) y lírica cancioneril, y los Refranes que dicen las viejas tras el fuego.

Andemos unos metros, fijándonos en que estamos caminando por encima de donde se ubicaba la iglesia original de Santiago, pegada al Palacio y que contaba con un paso privado para que los nobles asistieran a Misa sin mojarse ni pisar la calle.

La herejía de los alumbrados
Fue alrededor de esta iglesia y de este palacio donde surgió la más importante herejía que se ha dado en España, la de los “alumbrados”. Fue desde aquí y al calor de los Mendoza, aunque sin su colaboración directa, como unos cuantos años antes de Lutero nacieron y se difundieron los postulados de los “alumbrados”, lo poco que la Inquisición dejó que se extendiera. Al igual que los protestantes, que les tienen como unos precursores y unos mártires, desde una década antes sostenían que no debía haber intermediarios entre Dios y el cristiano, cuestionando además el cumplimiento de los ritos y la liturgia. Eso ocurrió hace ya cinco siglos.

Si lo pensamos bien, ese espíritu renovador e incluso revolucionario apoyado en la cultura de la que se dio en llamar la “Atenas” del Renacimiento español (o sea, Guadalajara, no se me despisten) nunca desaparecería del todo. Es así como se explica que en el siglo XIX fuera en Guadalajara donde se ideara el segundo idioma artificial con más éxito: el Volapük, similar en pretensiones al esperanto, pero con menos alcance. (Luego llegaría la fuerza del inglés y se terminarían todas las dudas sobre cómo conseguir un idioma universal)

El Volapük nació por la inquietud de alguno de los militares de la Academia de Ingenieros que por entonces existía muy cerca de aquí (estaba levantada enfrente del Palacio del Infantado, donde ahora está el Archivo General Militar). Y del matrimonio de un militar de la Academia, donde era profesor de Cálculo, con una alcarreña el que nació en la casa hacia la que nos dirigimos fue el más importante escritor alumbrado en Guadalajara en el siglo XX (con permiso de Clara Sánchez, que es la que está más de moda en los últimos años) y que aún no tiene ningún museo dedicado a su obra en la ciudad.

Un alcarreño llamado Antonio Buero Vallejo
Antonio Buero Vallejo nació y vivió en una casa de la calle Miguel Fluiters, junto al Palacio del Infantado. Una placa nos lo indica, para evitar despistes. También lleva su nombre una calle, el mayor teatro de la ciudad y un instituto de Enseñanza Media. Pero lo más importante es que pensemos en qué se llevó de Guadalajara y para toda su vida Antonio Buero Vallejo. El edificio nos da pistas de la acomodada posición social de su familia y nos hace sorprendernos un poco más sobre la valiente trayectoria personal que empredería.

Cuando falleció, en el año 2000, los críticos y especialistas coincidieron en que la suya era la figura más importante del teatro de la segunda mitad de siglo XX en España, a la altura de dos nombres clave de la dramaturgia como Valle-Inclán o García Lorca. No obtuvo el Nobel, como ese alcarreño adoptivo que fueCamilo José Cela, pero sí el resto de las glorias literarias españolas: el Cervantes –que bien podemos considerar el Nobel de las letras hispanas-, el Nacional de las Letras Españolas en 1996 y, en cuatro ocasiones, el Nacional de Teatro. Y son sólo los más destacados de un interminable serial de laureles.

Aquí nació y creció Buero Vallejo. Aquí aprendió a dibujar, con la maestría de quien luego nos dejaría desde su celda en la cárcel el retrato más famoso deMiguel Hernández, con el que coincidió en el penal y al que sobrevivió.

Dicen que a los nueve años ya dirigía representaciones en un teatrillo de juguete. Terminó el Bachillerato en 1933, un año después de haber recibido un premio literario para alumnos de enseñanzas medias y Magisterio por la narración El único hombre, que no se editó hasta 2001. 

Eran los años de la República .En 1934, la familia se mudó a Madrid y así pudo ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

Su militancia de izquierdas se fue acentuando progresivamente y llegó a estar condenado a muerte tras la contienda. No salió de la cárcel hasta 1946. Ese mismo año escribió su primer drama, “En la ardiente oscuridad”, que trata sobre la ceguera, como una metáfora de toda la sociedad. Pero eso ya es otra historia.

Antonio Buero Vallejo ingresó en la Real Academia Española en 1971, ocupando el sillón X, y galardonado con el Premio Cervantes en 1986 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1996. Antonio Buero Vallejo falleció en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, a causa de una parada cardiorrespiratoria, el 29 de abril de 2000, a los 83 años de edad.

No vamos a entrar en la iglesia de Santiago, pero les sugiero que no dejen de pasearla despacio, pues es una joya desconocida del mudéjar. Nos vamos a asomar al patio en el que Buero Vallejo y sus compañeros corrían y jugaban al balón. Ni ellos ni los que les han seguido han logrado todavía acabar con alguna de las maravillas que aquí podemos encontrar. Sí lo hicieron con más eficacia los concejales que en el siglo XIX arrasaron la iglesia del convento para alinear la calle. Quien lo dude, no tiene más que fijarse en los restos que aún se aprecian del ábside…

Mientras estuvo en Guadalajara, Buero Vallejo no solo tuvo los ojos bien abiertos, sino que respiró la historia de este insólito edificio. Estamos ante el Instituto de Enseñanza Media más antiguo de España, hoy conocido como “Liceo Caracense”.

Aquí estudió Buero Vallejo, en estas aulas. Pero esto es mucho más que un instituto, aunque sea el primero de España. Es, también, un palacio, una iglesia, un antiguo convento…

El de Antonio de Mendoza (siempre los Mendoza, ya ven que no se puede prescindir de ellos para entender Guadalajara) es un palacio-convento construido en estilo renacentista en el siglo XVI. Acabamos de decir varias palabras importantes para entender nuestra ruta: palacio, convento, Renacimiento…

La mayoría de los escasos miembros de la secta de los alumbrados que surgió en la ciudad eran conversos, personas con formación pero hijos o nietos de judíos. Este mismo era el barrio de la judería de Guadalajara… hasta que desapareció, después de casi dos siglos de perder poco a poco su patrimonio, confiscado. 

La segunda esposa de Pedro González de Mendoza, por privilegio real, se hizo con la sinagoga de los Toledanos y las casas que a ella pertenecían. Tuvo que pasar un siglo hasta que el primer duque del Infantado,Antonio de Mendoza y Luna, construyera un palacio al gusto de esta familia. O sea, grande, muy grande… y ¿en qué estilo? Renacentista, claro. El encargo se lo hizo al arquitecto Lorenzo Vázquez.

La cosa se complicó y tuvo que ser su sobrina la que se ocupara de acabar el proyecto. Brianda de Mendoza, que es como se llamaba, le “dio una vuelta”, como diríamos hoy y lo transformó en convento de monjas, activo hasta que llegó Mendizábal y suDesamortización en 1836.

Fue Brianda la que encargó al arquitecto Alonso de Covarrubias diseñar y levantar la iglesia aneja al palacio. Las obras duraron desde 1526 a 1530 . La portada de la iglesia es plateresca. Se compone de un arco de triunfo con una bóveda de medio cañón donde se encuentra un pórtico en forma de arco de medio punto encuadrado por dos columnas coronadas por capiteles en que asoman cabezas de carneros. Remata el conjunto el tímpano, con una representación de la piedad de María, que mantiene a un Cristo en sus brazos acompañada de Juan el Bautista y María Magdalena, y a cada lado el escudo de Brianda. 

Y, ahora, vamos al Palacio, que se articula en torno a un patio central, el núcleo principal del edificio. Es obra de Alonso de Covarrubias, de planta cuadrangular, presenta dos pisos adintelados con arquitrabes con columnas y capiteles de piedra, aderezados con zapatas y cornisas de madera ornamentadas. Los capiteles alcarreños, como son llamados, remiten en su variedad decorativa a modelos italianos.

El segundo piso del patio consta del mismo número de columnas, similares capiteles y zapatas y más pronunciado alero. Entre una y otra columna corre un antepecho calado, con piedra tallada en hexágonos recordando panales de miel. (Por cierto, que no se vaya nadie de Guadalajara sin comprar algo de Miel de la Alcarria, que tiene fama de ser la mejor del mundo y que, eso no lo puede discutir nadie, es la primera que obtuvo protección específica con una Denominación de Origen propia).

La escalera nos llama a todos la atención, vengas las veces que vengas. Es ancha y lustrosa, con peldaños bajos, en forma de caracol hacia la izquierda, cuya barandilla presenta los mismos elementos que el antepecho del piso superior, en forma de panal, incluyendo en el centro un escudo de la familia Mendoza y Luna, y un pasamanos de piedra tallada. 

El escudo de Carlos V tiene una curiosa historia, pues no se pensó para estar aquí, sino en la puerta de la muralla que existía en pleno centro de Guadalajara, en la esquina entre la plaza de Santo Domingo y el inicio de la calle Mayor. El que vaya ahora por allí se encontrará… la oficina de una inmobiliaria, que es el sino de los tiempos. De hecho, el escudo llegó aquí porque esa parte de la muralla se derribó con el crecimiento de la ciudad a finales del siglo XVIII. Fue recuperado de entre los escombros del antiguo Alcázar, cuando quedó arrasado por las tropas de Napoleón.

"Bardalear" Guadalajara
En esta plaza del Concejo es donde se reunían los representantes municipales en la Edad Media, después de que la ciudad fuera recuperada a los musulmanes en 1085, en tiempo de Alfonso VI, dicen que por Alvar Fáñez de Minaya, el premio del Cid. ¿Se acuerdan delCantar del Mio Cid? Ya ven que vamos de libro en libro, como nos habíamos propuesto al inicio de la ruta. Para los que quieran seguir viajando en otros fines de semanas y muy especialmente para los que les guste el senderismo, les recomendamos que sigan los tramos del Camino del Cid por la provincia o por el resto de provincias españolas que cubren esta ruta, muy bien señalizada.

Pero no nos despistemos. Dicen que la entrada de Alvar en la estrellada noche de San Juan es lo que se representa en el escudo de la ciudad. Los que se reunían bajo el pórtico de la iglesia de San Gil, cuyo ábside vemos allí, usaban un sello concejil que aún se conserva y que tenía la efigie de un caballero. El resto, ya es leyenda.

La calle Bardales mantiene su traza medieval, aunque ahora sea más conocida por sus lugares para el buen beber o para el beber mucho. 

La plaza de Prim y la plaza de San Esteban que estamos son ejemplos del sistema de plazas y plazuelas con el que se organizó la vida de Guadalajara durante siglos.

Y vamos a otra plaza, más abierta, y con un regalo sorprendente para la vista…

Una biblioteca en una capilla
A quienes crean que no es posible conciliar los conceptos “ciencia”, “cultura”, “religión”, “historia” y “España” les podemos traer hasta aquí e intentar hacerles cambiar de opinión.

Quien tuvo la idea de construir esta capilla, que en su origen estaba unida a la iglesia de San Miguel (que estaba en la esquina y que terminó convertida en solar en 1887, ocupado por una gasolinera) fue Luis de Lucena. Para trazar esta obra de arte sobre el papel era preciso, sin duda alguna, conocer mucho y dejarse llevar por numerosas influencias. 

Al exterior tiene un carácter de fortaleza militar, que parecería impropio para un edificio religioso. Así lo sugieren los bastiones cilíndricos almenados, las aspilleras y las ventanas insertas en un alero de complicada geometría. Para más desconcierto, lo que se lee en el canto de su vierteaguas es un salmo del Rey David, el paradigma de los hebreos. Lo que en un principio parece un derroche de mudéjar español, visto con más perspectiva se podría emparentar con las iglesias fortalezas del centro de Francia.

El alcarreño Luis de Lucena, sabio humanista y erudito espiritual, planeó esta capilla como monumento a la Sabiduría, hasta el punto de que en el piso superior mandó instalar una biblioteca. ¿Una biblioteca en una capilla? Sí, en pleno Renacimiento, en España, aquí, enGuadalajara.

Aquí trató de crear Luis de Lucena el espacio idóneo para sus restos mortales y los de sus familiares.

Luis de Lucena y Núñez nació en Guadalajara en el año 1491, cursando estudios de Teología y Medicina en laUniversidad de Alcalá de Henares. Después iniciaría un largo peregrinar por distintas ciudades europeas hasta fijar su residencia en Roma, donde formaría parte del mismísimo equipo médico del Vaticano.

Allí participó activamente en la vida académica de la que era la ciudad más apasionante de todo el Occidente y allí llegó a conocer a Miguel Ángel. Lo intenso y extenso de su etapa italiana permite pensar que fue el mismo Lucena el autor del proyecto artístico de esta capilla funeraria, aunque tras su fallecimiento en Roma recibiera sepultura en la iglesia de Santa María dei Popolo, frustrándose así su voluntad de ser inhumado en Guadalajara. 

Y si pasamos a su interior, las sorpresas son aún mayores. Las pilastras mezclan dórico y jónico, confundidos en el friso con cabezas de querubines. Al fondo una torrecilla con tribuna, similar a las existentes en el exterior, alberga una escalera de caracol que conduce a la planta de cubierta.

Destaca la decoración pictórica de sus bóvedas. En ellas se insiste sobre el tema salomónico, alternando historias y personajes del Antiguo Testamento que, en sentido profético, anuncian la llegada del Mesías. Fueron pintadas en 1580 por Rómulo Cincinato.

De entre lo aquí expuesto son destacables las esculturas yacentes de Juan Sánchez de Oznayo y Mencía Núñez, ejemplos de la estatuaria fúnebre del siglo XVI. Ambas piezas, junto con otras menores aquí expuestas, se extrajeron en 1949 de los muros de la derribadaiglesia de San Esteban.También las vitrinas dedicadas a los restos de los sepulcros de los condes de Tendilla, recuperados en 1939 de los calcinados mausoleos existentes en la iglesia de San Ginés, pero originarios de la iglesia de Santa Ana de Tendilla

Y ya no hay tiempo para más en nuestra ruta. Pero sí para que ustedes, en sus casas, puedan recordar lo visto hoy y, sobre todo, soñar con lo que fue aquella Guadalajara que durante siglos ha sido residencia e inspiración para escritores y poetas.

(El que tenga ganas de andar un rato más, que no deje de pasarse por el Fuerte de San Francisco. Allí estuvo preso una buena temporada el Arcipreste de Hita, autor del “Libro de Buen Amor” y allí los soldados del padre de Víctor Hugo arrasaron el panteón de los Mendoza, hecho a imagen y semejanza del de los reyes de España en El Escorial. Guadalajara no solo da para escribir un libro sino que, como han podido comprobar, está dentro de muchos y muchos libros. Pero hay que descubrirla).