Si una ciudad es capaz de darle un ambiente mágico a un hotel de la cadena Ibis sólo caben dos opciones para explicarlo: o la multinacional hotelera ha dado un triple salto… o el lugar donde se asienta ese establecimiento es muy especial.

Convengamos que lo primero es complicado de acreditar, sin que vaya en detrimento de la filosofía empresarial de la casa Accor en su millar de establecimientos por toda Europa y parte del globo. Apostemos, por tanto, por la segunda opción. El Ibis de Dinant te ofrece un balcón inimaginable sobre el río Mosa (ver galería gráfica) y un servicio más que correcto, además de un amable trato por parte del personal y a buen precio. La poesía te la regala, por toneladas, la ciudad.

Al amanecer, el río Mosa se despierta en Dinant con sus aguas bailando una extraña danza de vapor. Son los primeros días del otoño y el verano no se termina de marchar de Valonia. Por eso, al viajero no le extraña que surja de las aguas un ejército de infinitos fantasmas blancos, cambiantes de formas: se deslizan unas veces, brincan otras; espíritus juguetones que guardan distancia y compostura con la ciudad, en el último recodo antes de llegar a la recia villa de Dinant. Vapor de agua a ras de la corriente, que dirían otros menos amantes de la lírica.

Sea como fuere, eso es lo que se ve desde la terraza del hotel, donde una mujer fuma frenética.

Ni aun así se rompe la paz de la mañana. Tampoco al no poder evitar dejar caer la mirada, entre la bruma de las alturas, sobre el viaducto de la Autovía Carlomagno, que rasga el paisaje casi con dolor. Nadie dijo que los ingenieros o los políticos tuvieran que ser almas sensibles. 

No ha tenido Dinant demasiada suerte con sus puentes. Ni con ese que se quita el tráfico a toda velocidad, ni con el que le da más fama porque lo guarda la imagen de De Gaulle y lo jalonan un puñado de saxofones multicolores.

En los últimos mil años, siempre que un ejército ha pasado por aquí ha hundido el puente o lo ha intentado. El 12 de mayo de 1940 fueron los propios soldados belgas, ante lo que se avecinaba desde las Ardenas. El que hay ahora tiene por virtud pasar casi desapercibido, dejando al que lo pasea todas las energías dispuestas para disfrutar del paisaje urbano que forman el caserío, la catedral y la ciudadela. Décadas llevamos disfrutándolo en paz.

Dinant, que tanto ha sufrido con las guerras, ha terminado por hacer buenas migas con uno de los militares franceses que pugnó a las orillas del Mosa para intentar frenar el avance alemán. Ya sabemos cómo terminó la historia. Lo que se conoce menos es que el De Gaulle que se ve en esa estatua es el único representado como teniente, la graduación que tenía cuando resultó herido aquí. En cualquier otra estatua allá donde se le busque te lo encontrarás como general. Un matiz relevante.

Del que no queda apenas huella es de Rommel, que también anduvo por aquí en la Segunda Guerra Mundial, en las mismas fechas, con sus “panzers”, bombardeando el barrio de Leffe, el tan famoso por las cervezas. Qué lejos quedaba entonces el momento de su suicidio, intentando salvar el honor en una guerra ya perdida.

Premio Nobel de la Paz
Por una feliz paradoja, esta ciudad tan castigada por la guerra tiene entre sus hijos a un Nobel de la Paz. En efecto, el padre Pire, un dominico dedicado a los refugiados, recibió tan alta distinción en 1958. Nacido en Dinant en 1910, tuvo que escapar con su familia en los primeros compases de la Gran Guerra, cuando la villa sufrió como pocas veces el absurdo bélico. De eso y de mucho más se aprende visitando la ciudadela, algo que podrás hacer con detalle en una siguiente entrega de esta serie.

La mayor paradoja de esta pequeña pero maravillosa ciudad que es Dinant quizá esté en su capacidad de sobrevivir. Y de hacerlo, además, conservando su belleza.

Ahora mismo, por ejemplo, puedes encontrarte una calle florida, con una larga pared de un intenso color arcilla sobre los ladrillos macizos. No le voy a regalar al lector la dirección exacta, pero entre las fotos que acompañan este artículo encontrará la imagen. Es inconfundible. En su esquina, una señora atiende en la cochera un negocio de comida para mascotas. A fuerza de pasar por delante, este viajero ya duda si tiene clientes, porque lo que siempre encuentra es personas que se detienen y charlan animadamente con esa mujer tan sonriente. Ni siquiera cuando caes en la cuenta de que hay un placa en la pared y la lees se rompe el encanto: estás en un pequeño paraíso donde los vecinos se hablan sin estrés, en el mismo lugar donde en 1914 varios de sus antepasados fueron fusilados, como otros más de 600 civiles en todo Dinant. Y la vida, como el Mosa, fluye.

Una puñetera lección de vida en tiempo de vacaciones. 
 


 

¿… Y QUÉ MÁS PUEDO VER?

• Abadía de Notre-Dame de Leffe
Abadía en el año 1200, sobre un monasterio anterior. Reconstruida en los siglos XVII y XVIII y posteriormente saqueada por los revolucionarios en el año 1794, paso a manos civiles. En 1903 fue adquirida de nuevo por monjes franceses, entonces en el exilio. A partir de 1931 la restauraron sus hermanos flamencos de Tongerlo, quienes restablecieron la abadía.

Entrada gratuita.

• Gruta de Dinant La Merveilleuse
Route de Philippeville 142 

En 1904 se descubrió La Merveilleuse, una de las grutas más bellas de Bélgica. Estalactitas y cascadas. Es fácil de visitar y está nivel de suelo.

Duración de la visita: 50 min. 
Adultos y jubilados, 9 €. 
Niños, 6 €.

• Casa de La Pataphonie
Rue en Rhée 51 
Los objetos y los materiales cotidianos se trasforman en instrumentos musicales. Especialmente divertido si se visita con niños.

Más información de horarios y precios, aquí

• Museo de Adolphe Sax
Rue Sax 37 

Ubicado en el inmueble en el que nació Antoine-Joseph, más conocido como Adolphe Sax, el 6 de noviembre de 1814, este Centro de Interpretación recorre ofrece una escenografía original y lúdica.

Visita gratuita todos los días, de 9 h a 19 h.

 


Para más información:

Oficina de Turismo de Bélgica: Bruselas y Valonia (www.belgica-turismo.es)