¿Puede ser divertido un cuartel? Sin duda, sí… pero sólo si quedó abandonado por sus ocupantes de uniforme y, sobre todo, si hablamos de la Ciudadela de Dinant. Retirado el Ejército belga hace décadas, nos queda la historia y una visita muy agradable para quienes quieran asomarse a esta insólita ciudad valona.

Lo de asomarse no es una figura retórica. Realmente, el viajero no tiene mejor lugar para avizorar Dinant que desde aquí.

La cosa empieza al pie de la catedral, puesto que las escaleras y el teleférico que evita tener que hacer a pie los agotadores escalones están casi pared contra pared con el hermoso templo que marca la espiritualidad de los dinantaises.

Recomendamos madrugar, no tanto para ser los primeros en pasar por taquilla (abre a las 10 de la mañana) como para tener tiempo de recorrer, sentarse y sentirse dentro de esa mezcla de estilo y siglos que es la Colegiata de Notre Dame. Hay mucho que ver, sobre todo en el detalle de la vidriera gótica que aún sobrevive. De lo que guarda este templo alguna idea puede hacerse el lector viendo las fotografías de este reportaje, pero cuando vaya allí es mejor que no salga sin detenerse en una pequeña capilla, que ha quedado a un lado del crucero. En realidad, era una de las entradas más primitivas, marginada en las sucesivas reformas. Levante la vista y admire el pórtico románico, a la luz tenue de esa hora de la mañana. Es un momento mágico.

Luego sí, ya podemos encaramarnos a la Ciudadela, mejor en el teleférico que por la escalera. Sus 408 escalones son un castigo para los menos preparados físicamente. Casi el doble que en Waterloo, por ejemplo; más que en Lieja también… y toda una prueba. La oscilante cabina es divertida y el recorrido, breve. Yo que usted, no dudaría.

Una vez arriba, puede jugar a perderse o seguir alguna de las visitas programadas. Eso dependerá, más que nada, de su facilidad para los idiomas, porque el español se practica poco por estos lares. Hay folletos en castellano, bien documentados.

Incluso si se resiste a formar parte de algún grupo, verá pronto que ha acertado subiendo hasta tan cerca del cielo. 

Por ejemplo, si se deja caer por los patios exteriores, comprobará que en uno de ellos hay un monumento a los soldados de la Primera Guerra Mundial. Ojos como platos pueden quedársele al leer la inscripción y comprobar que allí yacen, juntos y hermanados para la eternidad, franceses y alemanes. Visto lo ocurrido en aquellos días, una inesperada lección de convivencia.

Yendo unos pasos más allá, llegará al punto donde recalan los que acceden hasta la Ciudadela en coche (sí, es posible hacerlo sobre cuatro ruedas, ¡pero el encanto es el encanto!). Frente a esa puerta, un avión de fabricación británica y bandera belga parece precipitarse eternamente hacia la nada, pegadito a la colorida terraza de un bar, que anima al descanso. Pero no se pare, mire y admire: las vistas desde aquí son impresionantes.

Para entender lo que por esta parte de Europa acurrió en 1914 tenemos todo un ala de la Ciudadela reconvertida en un magnífico museo multimedia, de entrada libre. Pocas veces los sentimientos afloran tan fácilmente aun siendo extraño a una ciudad y a un país. Quizá ya no tan extraños, a estas alturas. Como colofón, la sala donde se recrea el miedo que sufrieron quienes sufrieron aquellas "razzias", siendo tú por un momento una de las víctimas, es de las que acongojan.

Pero hemos dicho que la visita a este antiguo cuartel es divertida. Lo es. Y mucho.

Aprenderemos cómo vivían (y olían) los soldados del siglo XVIII, lo que malcomían, la diferencia entre un cañón y una bombarda (invento hispano, por cierto) y muchos más detalles de la vida militar de otros siglos. También tendremos nuestro momento "gore" con una guillotina a tamaño natural e incluso un instrumento muy "pedagógico" pensado para los parricidas. Reconforta, en todo caso, saber que los españoles podemos pasar por aquí sin cargo de conciencia: los austrias no dejaron demasiado mal recuerdo.

Ya abajo, juguemos a recomponer nuestra impresión "aérea" de Dinant sobre el terreno, recorriendo la Calle Grande (que hace honor a su nombre, a lo largo) o cualquiera de las que salen a su encuentro, como la que desemboca en el Palacio de Justicia. Localizar cafés y panaderías donde embobarnos viendo las artísticas formas de las galletas de Dinant es doblemente reconfortante. Como lo es intentar comprender qué hace una mole de cristal con forma de saxofón delante del Ayuntamiento.

Pero esa es otra historia… que contaremos en otro capítulo de esta serie.

Para más información:
Oficina de Turismo de Bélgica: Bruselas y Valonia (www.belgica-turismo.es)