Si puede, inicie su recorrido por Furnas yendo sin mayores preámbulos al Parque Terra Nostra. Es propiedad privada, hay que pagar una entrada de varios euros… pero lo merece sobradamente.

Al madrugador, la providencia le recompensará esta vez con un baño en solitario o casi solo dentro de uno de los estanques de aguas salutíferas más grandes e increíbles que pueden imaginarse.

Flotar, cerrar los ojos y entreabrirlos cuando tienes al alcance de la vista la mansión que preside el lugar te lleva directamente a “La montaña mágica”… si Thomas Mann hubiera viajado más allá de los Alpes para escribirla.

Sin prisas, una vez que las aguas ferruginosas y sulfurosas se hayan adueñado de su piel, puede pasar sin solución de continuidad a un “jacuzzi” de limpias aguas, también caliente. Será el momento de aceptar que el bañador, sobre todo si es de tonos claros o blanco, nunca volverá a ser el que fue. Avisados quedan.

Recompuesto el visitante tras pasar por el vestuario, hay que andar con rumbo o sin él por el parque. Si es previsor y puede permitirse el dispendio, recomendamos encarecidamente comer el inevitable cocido de Furnas en el recientemente reformado hotel del propio parque Terra Nostra. El arriba firmante lo ha comprobado en el verano de 2015 y aún duda qué valorar más, si el excelente resultado de la cocción de la carne y la verdura o el esmeradísimo servicio del comedor. Lo uno y lo otro, inenarrable.

Damos por hecho que no ha perdido la ocasión de acercarse a la zona donde se prepara el cocido con el calor del subsuelo (una reciente barrera con taquilla sale al paso), pero tanto o más interesante es dedicar el tiempo necesario a conocer la veintena de “nascentes” del pueblo, sin quedarnos sólo con la Caldeira Grande, la más fotogénica y fotografiada. Cada manantial tiene sus virtudes y su atractivo.

Déjese llevar. El propio recorrido ya tiene virtudes contra la ansiedad y el estrés.