Lo que no te puedes perder

Busca la sepultura de Enrico Dándolo en Santa Sofía, donde fue enterrado a pesar de haber mandado saquear Constantinopla. Es tan pequeña la lápida que te costará encontrarla, pero eso te servirá para recorrer a gusto la basílica.

 

Qué hacer

Déjate llevar por las calles más antiguas que rodean el Gran Bazar y luego zambúllete en él. Mejos aún si optas por el Bazar Egipcio o de las Especias; te sentirás más cómo, menos acosado y un poco más feliz. Lo que compres y regatees es cosa tuya.

Dónde comer

En cualquier parte, si te atreves con un "balik" de un puesto callejero y luego lo completas con un dulce del país. Para eso, te tienes que sobreponer a tus prevenciones, gustarte el pescado, asumir que puede estar bueno dentro de un bocadillo, cerrar los ojos… y probarlo. El dulce, avisamos, es muy dulce incluso para un goloso español.

Dónde dormir

Si te lo puedes pagar, podrías elegir el Marmara Taksim, que como su nombre sugiere está en la céntrica plaza. Para justificar el gasto, asegúrate que la habitación tenga las vistas que ya puedes imaginar al cuerno de Oro, espectaculares de noche. 

De interés

Toma distancia y tómate tu tiempo. Para lo primero, coge un ferry para cruzar a la parte asiática y aprovecha el recorrido para fotografiar y tomar referencia. Los taxis suelen ser seguros en toda la extensión de la palabra y una buena alternativa de transporte. Además de tus piernas, claro. 

Estás encaramado a un alféizar que, por su altura, no está pensado para mirar. Lo trazaron así para dejar entrar la luz que en este diciembre se resiste a hacerlo.

Recorres el camino inverso de los rayos, si es que la luz no ha dejado de ser una línea recta entre la neblina, y miras.

Te encuentras de bruces con la historia.

La lluvia se va quedando, gota a gota, engarzada en esas pequeñas cúpulas de Santa Sofía, hermanas menores de la que cubre el ombligo del mundo. La escalera de madera, acostada sobre uno de los ventanos, recuerda el mástil de un sitar sin cuerdas. ¡Sería un gran espectáculo ver a un obrero pasando de cúpula a cúpula por ese delgado y estrecho madero que quedó olvidado tras la última reparación! Tú jamás lo harías, víctima del vértigo, aunque disfrutes sin compañía de estas alturas, que son solo tuyas, sin turistas alrededor.

El suelo que Constantino pisó es hoy un desvencijado almacén de recuerdos en esta mañana fría en el confín de Occidente. Para asomarse al pasado es mejor hacerlo desde aquí.

No hay sol hoy en Estambul. El cielo y la tierra quedan unidos por esa agua mansa, acariciadora, que da brillos de terciopelo a los rincones de la ciudad antigua.

Lloran las cornisas sin canalones. Parece que nadie recuerda las lágrimas y el sudor de las huestes de Dándolo, el veneciano.

Constantinopla. Estambul. Bendecida por dos dioses, protegida por dos continentes, maldita por la codicia humana, renacida durante siglos entre fastos y saqueos.

El mundo se desvela en este momento sin tiempo en la penumbra de Hagia Sophia, de donde viene el sonido de las pisadas que apenas llenan el vacío de un templo sin culto.

En ese aire sin aliento hay vida: se cruza la mirada penetrante que surge de un mosaico y la llamada del muecín a la oración. Contigo como testigo.

Enrico Dándolo, gentilhombre y depredador veneciano, enriqueció los palacios de sus compatriotas con las joyas de Constantinopla. Sus huesos ya no reposan aquí, en su Santa Sofía conquistada. La eternidad le duró poco, apenas hasta que su cuerpo fue profanado y sus huesos dados a los perros de sus enemigos bizantinos. No los quisieron.

Así se cruzan la historia y los pensamientos en este punto, en este día.

Ni Dándolo fue el mayor peligro para la Humanidad ni esa cúpula verdeazulada que observa el viajero puede ser considerada la estampa más impresionante de la vieja basílica.

Salvo que sea la cúpula la que realmente te mire a ti, asomado al alféizar para atisbar una ciudad en la que el terror antiguo llega a parecer hermoso.