El 27 de agosto de 2018 es un día como otro cualquiera, pero irrepetible.

Gracias a que es agosto, el Ayuntamiento de Madrid no te cobra por aparcar en zona azul si es por la tarde, así que puedes hacerlo incluso en el Paseo de la Castellana y acercarte a pie y por la sombra hasta el número 23 del Paseo de Recoletos. No tiene pérdida. En el caserón de la Fundación Mapfre tampoco te cobrarán nada este lunes por ver la exposición que han organizado sobre la obra de Brassaï. El resto de la semana, sí. Y pasado el 2 de septiembre, la desmontan. Si no van ahora, dejarán pasar la oportunidad de paladear la primera retrospectiva sobre la obra de este maestro que se haya organizado desde el año 2000, cuando lo hizo el Centro Pompidou, en París. Esta es la primera llevada a cabo en España desde 1993, mostrada aquí justo después que en Barcelona.

Con todo lo dicho, comprenderá el lector que es una ganga acercarse para esto a Madrid, siendo de provincias. O disfrutar Madrid, a bajo precio, aunque estés avecindado en la capital. La promesa para este día y en esas horas precisas es la de un viaje por el tiempo y el espacio, hasta llevarnos al París de los años 30. Más barato y más reconfortante que volar con Ryanair, sin duda alguna.

Con mimo han dispuesto ante nosotros más de 200 piezas, lo cual incluye fotografías, dibujos, un libro inusual y hasta una escultura. A partir de ahí, la experiencia de cada cual como la quiera vivir.

Para este que les escribe, las dos horas de andar, desandar, detenerse y emocionarse en silencio por las distintas salas fue un placer inesperado y casi solitario en el Madrid de la canícula.

Al salir, una incierta melancolía acompañaba a la convicción de que sólo los grandes momentos de la Historia tienen quienes nos los expliquen en directo y a través del arte o la literatura: así pasó con Galdós y la España del XIX, con la Movida que enterró de verdad a ese general Franco al que ahora van a desenterrar 43 años después… o con el París de entreguerras, que este fótografo trashumante de sí mismo fue capaz de reflejar como ninguno. Y lo hizo, cobrando por ello, para las revistas de su tiempo, no por amor al arte ¿Quién está levantado acta artística de nuestros días? Pues eso…

Brassaï merecería un sitio en el Olimpo de la Fotografía universal aunque sólo fuera por su capacidad de convertir en objetos vivos los adoquines mojados que fotografiaba por la noche, con la cámara en el atril, mientras dejaba pasar el largo tiempo de exposición con el cigarrillo entre los labios.

Son esos adoquines los que abrían y cerraban a doble página la espectacular edición de "Paris de Nuit", que en 1932 vendió de un tirón 12.000 ejemplares… porque había lectores, editores y ansia por conocer y compartir. Hay que ser muy listo y muy valiente para animarse a poner en los escaparates de las librerías un libro encuadernado con una gran espiral de gusanillo, que en su interior despliega 64 fotografías en blanco y negro, reproducidas a sangre, encaradas unas con otras, con la sencillez de un trabajo de preparación sumamente complejo. Ahora, los pocos ejemplares originales que aún existen se venden en Internet hasta por 3.600 euros. Aquí, en la exposición, uno de ellos ocupa una vitrina y se despliega en un multimedia muy agradable, con asiento incluido. Que alguien repita la experiencia con nuestras ciudades, nuestras calles, nuestros noctámbulos y en el tiempo presente se antoja algo imposible.

Pero Brassaï fue, sobre todo, un invento de sí mismo.

Llegado de la Transilvania austrohúngara, extranjero arribado a París desde Berlín, aspirante a pintor o dibujante, la fotografía se le cruza al paso y apenas en dos años le convierte en otra persona y en un incipiente personaje. Quien lo dude, que contemple las ocho pequeñas imágenes puestas en sucesión, al comienzo de la muestra: desde una ventana observa que en el  Boulevard Auguste Blanqui hay un muerto, también cómo un paseante mira el cadáver, cómo se van juntando curiosos y paraguas…hasta que en la última imagen la calle se queda sola. Tan sola como nosotros mismos, mirando. Al fondo, mudos testigos de todo, los pilares del paso elevado que aún hoy marcan ese punto de la ciudad.
 
Cuando Brassaï fotografía un circo callejero de gatos, lo que atrae la mirada no son los gatos, sino los rostros, incluido el del buhonero callejero, con aires de director de orquesta. Es realidad poética, cuando no descarnadamente surrealista, como cuando un ciclista pasa ante un descomunal retrato de mujer, Marlene Dietrich para el mundo.
 
Y usted, que habrá pateado los aledaños del Sacré Coeur una o mil veces, admitirá que la escalera de Montmarte que nos presenta Brassaï no es solo una leccion de ritmo, sino la imagen que todos hemos creído ver en nuestra memoria al recordar ese barrio: lo vivimos como si lo hubiéramos vivido; es algo nuestro, una mentira más real que la verdad más auténtica. No todas las fotografías que nos asaltan desde el ordenador o desde el móvil alcanzan ese nivel y por eso mismo, esta que aquí contemplamos es arte y tantos otros millones de cada día, no. 
 
Brassaï se atreve con una abstracción brutal,con el muro de la prisión de La Santé, como excusa y como anticipo del brutalismo de Le Corbusier, sin más relación entre ambos que la que el espectador quiere darle. Las sombras, la perspectiva y el ojo del observador crean un infierno de líneas rectas, arañados los ojos por la rugosidad de la piedra. En la planta superior de la Fundación, esos mismos muros carcelarios se llenan de poesía con la sombra de los arboles, que escalan por ella como si fueran presos fugitivos en la noche. Lo inmóvil se mueve, cuando tiene vida.

A Brassaï le gustaba tomarse su tiempo para componer las imágenes en la calle, del mismo modo que el análisis de sus miles de negativos nos confirman que desechaba mucha plata y mucho celuloide hasta decidir qué tenía que positivar y cómo, con qué encuadre. Era tan minucioso con las naturalezas muertas como con los muertos andantes, que son muchos en sus obras. Y hasta los que se muestran radiantes nos hacen desconfiar de su felicidad.

El público que asiste a una película de Sacha Guitry es de una elegancia repugnante, un amasijo de tules y chaqués, gomina y laca festoneados de arrugas y billetes. Tanto o más que el famoso bodegón de burgueses en Maxim's.

Todo es verdad en estos retratos tan poco improvisados. Quien se anime a poner a prueba sus conocimientos de francés puede comprobarlo en una novela corta de Irene Nemirovski, aún no traducida al español. En su Film Parlé, la judía ucraniana que terminó católica y muerta en Auschwtiz por el delito de querer ser francesa, describe como con escalpelo las noches de los tugurios, desde los sórdidos a los más elegantes. Eso era París y así lo recordamos, aunque no lo hayamos vivido.
 
Sorprende y admira la rapidez con que Brassaï inventó su propio lenguaje visual. En la "Nuit de Longchamp" tardas un buen rato en ver la silueta con sombrero de copa en el primer plano, ante los fuegos artificiales que han arrastrado tu mirada desde el primer momento. En realidad, el encuadre de la fotografía que se publicó como portada de L'Illustration en julio de 1937 era mucho mas abierto y legible… porque no siempre es prudente jugar con las cosas de comer.
 
Y aun así, el orondo culo del caballo en Newcastle, puesto en relación con el caballero que atusa otro ejemplar en el segundo plano, es demoledor. Igual que cuando fotografía la Sagrada Familia lo esencial de su punto de vista y de su encuadre son las casas de vecindad del fondo, donde suponemos malviven arracimados los inmigrantes, tan cerca aunque muy lejos del ampuloso hogar creado por Gaudí para su dios.
 
Los puñetazos en los ojos se suceden tan dulcemente que recorrer la exposición es un placer casi morboso. Así, los porteadores de carne de Les Halles rebosan dignidad, son tratados con cariño, resultan dignos hermanos de la mejor pintura holandesa y, sobre todo, dejan en poco la versión que de ellos hizo tres décadas más tarde el español Gabriel Cualladó, en el mismo lugar, con muy distinto resultado. Con Brassaï, hasta los desatascadores de los pozos negros de París, retratados cuando paran para cenar ante su maloliente tajo, son Manet.
 
A base de ver y deglutir, las imágenes amenazan con agotar las palabras. Inenarrable, por tanto, el paisaje invernal con el Pont Neuf como protagonista. Resulta bello sin ser cursi pero no deja de ser una postal, pues nuestro hombre comía de lo que reinventaba para publicarlo en las revistas, que exigían realidad. Y cubriéndolo todo, el arte: el ritmo se lo dan las ramas del gran árbol, mientras que el puente te ubica en lo concreto. Como cuando recala en el Pont des Arts, que aquí es algo más que candados ensartados: es el telón de fondo para dos señales en el río, contra la niebla.
 
Brassaï fumaba mientras las fotos se cocían durante minutos en el trípode. Lo exigía la luz y la abertura del diafragma, la física y la técnica combinadas en un duelo que tuvo un claro ganador: él. Lo deslumbrante de Brassaï está en las sombras que provoca con los focos de luz fuera de cuadro, ya sea para dejar constancia de los maleantes de la Place d'Italie o para hacer de la niebla su aliado.

Por si todo esto no fuera suficiente, la exposición que ahora termina en Madrid habrá servido a todos sus visitantes para descubrir a uno de los mejores retratistas del siglo XX.

¿Cómo juzgar si no al que nos presenta ante nosotros a un Jean Genet de ojos brutales con, al mismo tiempo, una camisa cuidadosamente arremangada sobre unas iniciales bordadas, tan burguesas? ¿Y ese Ionesco reconvertido en bufón con corbata y cigarrillo? ¿O la estufa del estudio de Picasso en la rue des Grands Augustins, una escultura memorable en sí misma que le quita todo el protagonismo al pintor retratado? Allí, el malagueño se nos presenta con un aire de hortelano en traje de ir al casino provinciano, pero con chaleco de lana. Debía pasar frío, atenazado ya por su sequía creativa, que en esos años y en ese preciso lugar no le impidió aceptar el encargo de la República Española y reutilizarlo todo, refrito ciertamente genial, en el Guernica. De paso, algo ayudó al fotógrafo para no morir de hambre, aunque parece que poco, a tono con la bien conocida mezquindad del español.

Por allí y por aquí andaba y anda, resucitado ante nuestros ojos, un Dalí agarrado a Gala en Villa Seurat, dominada su efigie por la melena hinchada incluso sin viento, con un aire de dandi frágil, entregado sin condiciones a su dómina.

Hay en estas paredes de la exposición rastros del Brassaï posterior a la Segunda Guerra Mundial, que la vivió entre militares alemanes, días nutricios y noches desmadradas, como tantos "héroes" de la Liberación que aún no lo eran ni trabajaban para serlo. De su etapa americana, en suave pendiente hacia el agotamiento creador y a sueldo de "Harper's Bazaar" entre otras publicaciones, nos quedan por ejemplo las ridículas cotorras con forma de mujer que poblaban la Quinta Avenida, en fila y esperando nada, como gallinas en su gallinero.

Hay que salir ya, volver a la luz cegadora del Madrid de verano. Será por ese temor a deslumbrarte sin querer tras tanto plácido deslumbramiento con Brassaï, que te aferras a un desnudo de mujer, uno de los primeros, tan pictorialista que te recuerda a los moros de Francisco Goñi, cuando África era una guerra que te ayudaba a dejar atrás Guadalajara. Otros fotógrafos, otros lugares, mismo arte.

El viaje en el tiempo y en el espacio ha terminado, gratis por ser lunes, día en que la Fundación Mapfre perdona el precio de la entrada.

Ahora sólo queda guardarlo en la memoria, apuntalada en estas líneas por si alguien, alguna vez, quiere leerlas.