En Portugal, hay vida más allá de Lisboa y de Oporto. En Oporto, si te alejas apenas a 25 kilómetros de la ciudad, quien quiera empezar el mes de diciembre queriéndose mucho a sí mismo puede hacerlo en Paços de Ferreira, cabeza de un municipio que tiene a su fregresía de Freamunde como la capital portuguesa del capón.

No hablamos aquí de los capones de Villalba o de los de Cascajares no por recelo o ignorancia, sino  porque son otra cosa. El lector que se anime a recorrer la galería gráfica que acompaña estas líneas se hará una buena idea de lo que decimos. Para comprobarlo en la mesa, basta con acercarse entre el 1 y el 13 de diciembre a la semana gastronómica que allí organizan a cuenta del capaõ, y que ya va por la décimo tercera edición.

Será el día 12 cuando se lleve a cabo la preceptiva cata ciega para elegir el mejor capón cocinado y al día siguiente, el más bello ejemplar entre los vivos. También hay dura pugna por convertirse en el restaurante con mejor mano para convertir en espléndido manjar lo que nació como humilde pollo y que llega a valer casi 60 euros por pieza en la granja y alrededor de 150 ya en la fuente, ante los comensales.

El día grande se mantiene, como es tradición secular, en el 13 de diciembre, para recordar Santa Lucía y apelar a una historia que dicen nacio en la antigua Roma, cuando el canto de los gallos molestaba a algún preboste y el pueblo, siempre sabio, se las apañó para cumplir la prohibición sin privarse de este animal, quitando el canto al criarlos como capones. En Freamunde y alrededores se tiene documentada la Feira desde 1719, siempre con los capones como protagonistas.

Gracias, Bruselas… que a veces haces milagros
Curiosamente, uno de los grandes aciertos de las gentes de por aquí ha sido encomendarse a Bruselas y pelear durante los últimos tres años hasta obtener una certificación comunitaria, como Indicación Geográfica Protegida, que no sólo ennoblece el producto sino que garantiza su calidad al asegurar que su crianza se ha llevado a cabo como se debe: capándolo como aquí se hace hacia el segundo mes cumplido (mediante una incisión para extraerle los tésticulos, con posterior y casi amorosa sutura, más el corte de la cresta y de los belfos) y a partir de ahí, dejarle andar y comer a su aire en el exterior, sin recebo continuo ni final, para que los alrededor de ocho meses transcurridos le hagan alcanzar el porte que se comprueba en nuestra imágenes.

Será luego, ya en las cocinas, sacrificado también según lo establecido y cuando se le rellene de un gloria gastronómica: aceite, cebolla, ajo, los entresijos y un surtido de jamón, chorizo, carne de vaca, vino blanco… Así, cuando llega en la fuente a la mesa, sabiamente troceado, se le acompaña de las excelsas patatas del Norte de Portugal y de ese relleno convertido en un tesoro con textura próxima a la del paté y de un sabor indescriptible. Recuerde el lector y el que lo coma que antes ha pasado tres horas en el horno, para llegar a este suculento trance. Y que para degustarlo, hay que venir hasta aquí, pues la difusión de los 4.000 o 5.000 animales que se sacrifican cada año no alcanza fuera de Portugal, aunque sí a un creciente número de restaurante de prestigio.

Animese, por tanto, quien quiera descubrir los secretos de esto y de bastante más a llegarse hasta este lugar, donde en los días claros se atisba el mar si te encaramas hasta el viejo castro, el de mayor extensión de la Península, arruinado hace dos milenios pero con sus cimientos orgullosamente en pie  todavía. De eso, ya hablaremos y escribiremos otro día.

También, si viene, puede mirar hacia adentro y hacer balance, a los postres do almoço, de si el viaje mereció la pena. La respuesta suele ser afirmativa.