Ponta Delgada es conocida como la puerta de las Azores, como capital que es de São Miguel, su isla principal. De hecho, la imagen más difundida de esta ciudad es la de sus antiguas puertas monumentales, que un oportuno traslado a su actual ubicación salvó de la piqueta.

De contenidas dimensiones, sus calles más antiguas discurren entre la fortaleza militar de São Bras y la iglesia de São Pedro. A medio camino entre Europa y América, su misma arquitectura está entre la portuguesa continental y la colonial, con palacios y casas compartiendo colorido en el enlucido de sus fachadas. El manuelino se desborda, eso sí, en las fachadas de su principal iglesia, la Igreja Matriz.

Un buen lugar para intentar asomarse a la psicología azoriana es el Campo de San Francisco, la bellísima explanada que limita con el mar, siempre el mar, en una isla cuyos habitantes han mirado hacia tierra adentro durante los últimos cinco siglos. Muchos de los tesoros de Azores y de sus habitantes está en el interior, ya sea en el de sus paisajes o en el de la propia personalidad de las gentes. Visto con ojos continentales, se diría que el azoriano ríe para dentro. Puede ser cierto o una injusta simplificación, júzguelo cada cual. En esta bella plaza la hierba se empeña en crecer entre los adoquines, no muy lejos del monumento al emigrante y del altar dedicado a la veneradísima imagen del Santo Cristo de los Milagros. Apunte para curiosos: en unas islas como estas, hechas a escala humana por generaciones de hombres y mujeres sobrados de entereza, la religiosidad se mantiene casi en cada detalle, casi detrás de cada esquina, en los "imperios" por los pueblos y, sobre todo, en la celebración anual en honor a su Patrón.

En lo puramente material, Ponta Delgada ofrece al visitante todo lo que puede necesitar y más.

Los hoteles disponibles reúnen los servicios que justifican las estrellas de su categoría, el personal está más que formado en atender nacionalidades diversas. Las distintas ubicaciones proponen cada una su alternativa diferente en una ciudad que se camina a pie en pocos minutos, vayas donde vayas.

Entre las elecciones posibles destacaríamos el Marina Atlântico, frente al mar; el São Miguel Park, junto al mejor centro comercial de la capital y a 100 metros de su más romántico parque, sin por ello estar lejos de nada; el Hotel Talisman, para los que gusten de estar en el mismísimo centro, en calle peatonal y en un entorno a juego con la historia de las islas… Para los que busquen salirse de un entorno urbano sin dejar la civilización, les recomendamos una propuesta muy especial, en nuestra información específica sobre Furnas.

Paseos y copas
Al caer de la tarde, las calles del centro de Ponta Delgada cobran una vida especial. Si es verano, no faltará un espectáculo gratuito y distinto cada noche delante del Ayuntamiento, a partir de las nueve de la noche.

Además de las terrazas de bares y restaurantes, zona de especial interés es Portas do Mar, donde el trasnoche se hace fácil y en nutrida compañía, a escasos metros del Atlántico. En cualquier caso, déjese llevar: si es fin de semana y el curso ha comenzado, no se extrañe si la tuna universitaria le retiene con ellos y su música a las puertas de cualquier bar.

Portas do Mar aporta, además, un gran potencial para el desarrollo turístico de la ciudad y de la isla toda: allí tienen su sede las mayores empresas de actividades para el turista; es el punto de atraque y atención para los cruceros que cada vez en mayor número llegan a Ponta Delgada y permite el amarre de veleros y barcos de recreo que también llegan desde los más inesperados países, según dejan constancia con sus pinturas conmemorativas en la escollera. 

Quien vaya con tiempo suficiente, hará bien en dejarse caer por Caloura. En esta parte del sur se respira bonanza económica, arracimada cerca de alguna de las mejores playas que por aquí pueden encontrarse.

Gastronomía
Más allá del alojamiento y de alimentar el espíritu, el viajero que llega a las Azores no debe ni puede dejar a un lado la buena mesa, a unos precios equilibrados, similares en unos y otros restaurantes y dominados siempre por la excelsa calidad del pescado.

Si de comer carne se trata, lo mejor es acudir a Ribeira Grande y darse un adecuado homenaje en la Associação Agricola de S. Miguel en Campo do Santana, sin olvidar el celbérrimo cocido de Furnas, que es cuestión aparte.

En Ponta Delgada, dentro de una oferta amplia y de garantía, nos atreveríamos a sugerir locales como O Marinheiro (propiedad de un matrimonio español), abierto en la agradable zona de Portas do Mar; su vecino Convés, que mantiene el nivel; Cais 20 es uno de los más concurridos por los turistas españoles; São Pedro, a espaldas de la iglesia del mismo nombre, ofrece un comedor muy agradable; el Restaurante Nacional, por su parte, nos lleva a un par de décadas atrás, lo cual tiene también su encanto…

La nota más singular la da "Delicias do Mar", escondido y humilde, pero con una oferta arrebatadora: su propietario, desde su inconfundible mostacho, ofrecerá a tus ojos y a tu consideración el pescado (fresquísimo) disponible, ni más ni menos; lo preparará delante de ti y se asegurará de que es de tu agrado porque, como el no olvida en insistir "Se não gusta, não paga". Aviso: el precio es similar al de otros locales con más enjundia; para los próximos meses tiene intención de ampliar y reformar, en los bajos del edificio.

El turista español haría bien en vencer su conocida aversión a consumir los entrantes no pedidos, que suelen ir más allá de la simple mantequilla salada. Si le ofrecen queso blanco con molho, no lo descarte… pero tenga cuidado si no soporta bien el picante; la combinación puede ser tan agradable como explosiva.

Sobre la carta, elegir lapas (en cualquier de sus dos variedades y en los tamaños que corresponda, según el proveedor y la época) es casi obligado, pero también dejar hueco para los postres. Una sugerencia: en A Tasca, otro clásico, pruebe las barquinhas de améndoas; salvo que no sea nada goloso, seguro que come más de una. Mejor que muchas tartas de Santiago.

Sea como fuere, prepárense con un buen desayuno (en el que no faltará el queso de São Jorge, la piña, los plátanos ni otras frutas locales) para unas jornadas apasionantes.